Un cuento fantástico escrito por Tarrillo Quintana en Sullana, Piura, Perú.
Era un gato negro, tanto que en la noche oscura se distinguía únicamente por sus grandes ojos verdes que relucían como diamantes; su cola era muy larga, tanto que la arrastraba por el suelo. Este misterioso animal solo aparecía esporádicamente y, es que, en realidad, se trataba de un gatuno muy extraño y poco amigable. Su aspecto físico era de un animal fornido, musculoso, un gran felino; su mirada causaba terrible pánico a todo aquel que lo veía.
Cierto día, mi abuelo, un hombre noble, pero muy supersticioso, me contó sobre este ser bigotudo. Aquella noche, en su aposento, me pidió que me acercara hacia él; miró al techo y movió su cabeza de un lado hacia otro. Me dijo que ese animal traería más desgracias, terror y muertes; pobre de aquel que tenga la mala suerte de encontrárselo en su camino. Arriba en el cielo, la luna brillaba en todo su esplendor como un disco plateado, el ambiente se hizo friolento. Tomé la cobija y me la puse sobre el cuerpo, a la vez que me arrimaba al regazo de mi abuelo.
Era una noche de fin de semana; las fiestas nunca faltaban al otro lado del pueblo, allá pasando el río, en donde hay totorales y la arena es muy fina y tibia. Enrique, mi primo hermano, se alistaba para asistir a la rumba. La tía Meche le dijo: – “No vayas hijo, tengo un mal presentimiento” –, pero Kike se marchó. Solo se persignó y se encomendó al santito que había en el altar de su humilde casita.
Mientras el día pasó muy tranquilo en el pueblito, la madrugada no fue así. La fiesta del otro lado del pueblo había terminado y Enrique regresaba a casa, se había divertido a más no poder y había bebido más de la cuenta. Por el efecto propio del alcohol, caminaba rengo y balanceándose de un lado a otro, hablaba solo y lanzaba manotazos al aire. Solo lo acompañaba la luna que, hasta esa hora, seguía más luminosa aún y con un brillo reluciente. Enrique ya había ganado gran parte del camino, faltaba poco para la entrada a la ensenada, un camino amplio flanqueado por copiosa vegetación y que lo llevaba directo a casa; fue ahí que se detuvo y esbozó una sonrisa, pues sabía que estaba cerca de casa. Volvió a dar un manotazo al aire, cerró los ojos y retomó su camino. De pronto, la luna, que hasta ese momento había iluminado en todo su esplendor, fue cubierta por una nube negra y pesada…todo se volvió tinieblas, que ni alma alguna se veía.
Enrique se dio cuenta de ello, se volvió a detener, abrió sus ojos, parpadeó una y otra vez; muy inteligente se desplazó hacia la derecha y empezó a palpar los arbustos que ahora serían su guía. Sintió que el ambiente se hizo pesado, esa pesadez se trasladó a sus pies que ya no respondían como antes. Temió lo peor y, sí, lo peor estaba por llegar. Un maullido lúgubre, como llanto desesperado resonó muy cerca de él, quiso correr, pero no pudo. Enseguida, un bulto pesado se atravesó en su camino; el pánico le hizo recuperar la cordura, se le fue la embriaguez. Tenía frente a sí dos luces verdes que lo miraban amenazantes. Se llenó de valor y se abalanzó sobre el animal con el fin de atraparlo. El gato se vio sorprendido, quizá no esperaba la reacción del joven ya que huyó despavorido del lugar, dejando una maligna sensación de muerte. Su maullido se hizo muy extenso, parecía un llanto de lamento.
Enrique pensó que ya había pasado lo peor y se sintió seguro, tomó una bocanada de aire y reinició su andar con más confianza. La nube negra siguió su camino, permitiendo que la luna abriera su ventana y volviera a iluminar.
Pasaron los días y el joven Enrique enfermó repentinamente, sin explicación alguna. –Fue la maldición del gato negro– decía el abuelo con mucho coraje, los vecinos también comentaban cómo un joven muy sano había enfermado. Decidieron organizarse para salir en busca del animal y acabar con su vida. Lo buscaron por días, por semanas, casi un mes entero, pero nada, ni huella; tanto así que se resignaron… hasta que sucedió lo peor, Enrique murió al igual que las otras personas que habían tenido la mala suerte de encontrarse con este animal.
Superstición o no, el gato nunca volvió a aparecer. Se dice que a partir de las doce de la noche, cuando la luna no aparece, deja oír su llanto lastimero. A esa hora ya nadie sale por temor a encontrarse cara a cara con la muerte.