¡Definitivamente, de río! Lo descubrí en la selva peruana cuatro años atrás. Observar los riachuelos y las cataratas camino a mi trabajo era una suerte de ritual para comenzar tranquila mi rutina semanal. Al inicio pensé que los protagonistas eran los árboles verdes, pero con el tiempo descubrí que ellos solo complementaban el paisaje que tanto me cautivaba.
Cada vez que podía, visitaba un río o una laguna. Me acostumbré solo a observar y, de vez en cuando, me animaba a descubrir mis pies para sentir tan solo un poco de la naturaleza. Creía que observar era suficiente para mí, que podía explorar la vida solo observando los ríos, tal cual contemplé el mar por años. Felizmente, me equivoqué.
Un par de años después, me despedí de la selva para vivir en la ciudad. Por un momento pensé que podía olvidarme de aquel anhelo de nadar en un río, de fluir completamente y sentirme parte del agua bajo aquellos árboles que complementan el paisaje; sin embargo, no pude evitarlo, mis deseos de nadar se volvían incontrolables.
Quería descubrir qué se sentía nadar, observar el reflejo distorsionado de los árboles mientras las gotas de una débil lluvia deciden dar masajes a mi cuerpo que se mueve de manera coordinada en el agua de río. Cada vez que viajaba revivía aquella fantasía en mi imaginación; porque lo real solo me colocaba de pie al frente del escenario deseado, pero nunca dentro de él y cuando empezaba a ser consciente de mi ilusión, un sentimiento de arrepentimiento solía apoderarse de mí.
Pensé que nunca aprendería a nadar, aprender a nadar a los 27 años no estaba en el plan, pero seguir el plan al pie de la letra es imposible, al menos para mí. No recuerdo los detalles, solo tengo vacíos mentales de mi registro en la academia de natación, estaba aterrada porque siempre había dudado de mis habilidades físicas, había dudado de la capacidad de mi cuerpo para moverse o de expresarse. No me daba cuenta de que detrás de un “soy una floja para los deportes”, le negaba a mi cuerpo la oportunidad de sentir y conectar con mi alma.
Respirar bajo el agua y flotar fue complicado, pero confiar y entregarme a ella fue mucho más difícil aún. El proceso de aprendizaje me heredó muchas reflexiones y no solo para aplicarlas en la piscina, pero de ello no quisiera conversar ahora. Solo quiero mencionar que aprendí el estilo libre y espalda en pocos meses y que aunque la pandemia ha retrasado la oportunidad de mejorar mi técnica y de continuar practicando, no ha podido negar el empezar a vivir mi revancha.
Nadar es mucho más que la sincronización de los movimientos para el desplazamiento, para mí, nadar es respirar con la naturaleza -dentro y fuera del agua-, de escuchar, de sentir y fluir con ella.
Nadar de noche y de espalda para observar el cielo con pocas estrellas, mientras soy testigo del ciclo lunar. Aquel ciclo que me sigue recordando que no siempre podré ser luna llena.
Nadar de espalda durante la mañana en el río Piura para observar el cielo celeste, las nubes borrosas, el sol radiante. Oír el agua en movimiento, detenerme y flotar para escuchar a los pájaros y observar a los algarrobos; árboles que no son verdes, pero que también encantan. Volver a nadar de espalda para sentir cómo conquisto el agua fría. Nadar para volar en paralelo con el ave del cielo. Nadar para saber que el río disfruta de mi visita y yo disfruto la acogida. Nadar para despedir el día.
Si me preguntan si soy de río o de mar, solo diré que aunque admiro al mar, el río me inspiró a aprender a nadar.