Las historias más grandes no son las que trascienden sucesos fantasiosos o inimaginables, no son aquellas que ocurren en tierras lejanas con nombres complicados, ni si quiera las que siembran el desconcierto de una situación azarosa entre la vida y la muerte. Los verdaderos relatos maravillosos son aquellos que te mueven el corazón un poco cada vez que los escuchas y te hacen comprender que la cotidianidad esconde, a plena vista, los sucesos más increíbles.
Ximena y Sabrina son dos chicas que van a la misma Universidad, estudian la misma carrera y ambas cursan el primer año de estudios generales antes de entrar a la facultad. Sin saberlo, han compartido horarios de clases por más de seis meses, pero a la fecha de hoy no se han cruzado nunca. Por algún motivo, algo siempre lo impedía. Unos minutos de diferencia en la llegada al estacionamiento, preferencias por donde pasar los recesos entre clases, caminos diferentes para volver a casa. Inexplicable, pero cierto. Si siguiéramos la trayectoria de estas dos chicas como si fueran líneas dentro de una cuadrícula, sentiríamos la ansiedad interminable de ver cómo casi se juntan muchas veces, pero nunca llegan a cruzarse. O tal vez, casi nunca.
Era pues, un miércoles primaveral del 2011. Todos estaban atareados, pues se acercaban los parciales y el que menos intentaba tener todas las prácticas y apuntes pasados para poder preparar la semana de exámenes perfecta. Ximena tenía esto perfectamente claro, había hecho los resúmenes precisos para aprobar con confianza el parcial de Lengua I y los estaba ojeando en la sala de lectura de la Biblioteca principal. Su concentración era absoluta, siguiendo con sus pupilas cada uno de los contornos de su letra Palmer…hasta que con el rabillo del ojo vio a Moncho, de la facultad de Derecho. Habían estado intercambiando miradas intermitentes en la biblioteca desde que empezó el ciclo y por muchas veces que Xime se tocara el pelo o mantuviera la mirada en señal de reconocimiento, él nunca se acercaba. Quizás por esas de hacerse el misterioso o interesante; en cuyo caso, en realidad, era medio gil.
Sabrina, por su parte, era más de estudiar en grupo, comentando, con el sonido de fondo como ruido blanco. Por eso le encantaba estudiar en Cafeta, en la mesa más grande, con las separatas y cuadernos al medio y aprovechando los tiempos muertos para comprar un pan con pollo. A Sabri le encantaba sentarse en las esquinas porque podía ver a las ardillas de los jardines exteriores trepar entre las ramas de los algarrobos, tan despreocupadas y a la vez tan dueñas de sí; sin embargo, una llamada la sacó de ese momento de distracción en un instante: era su hermana Fernanda. Se supone que Sabri debía recoger la torta para el cumple de su papá antes de las 1 p.m., porque luego la pastelería cerraba hasta las 5 p.m. y debían tener la torta para el almuerzo. Sabri revisó el reloj con temor. 11:56 a.m. Carajo. Recogió todas sus cosas lo más rápido que pudo y se dirigió al estacionamiento principal. No había taxis, la única opción para llegar a tiempo era tomar la combi de la Universidad que pasaba de camino. Se apresuró, rogando para que aún haya lugar y, por suerte, encontró dos puestos vacíos en la segunda fila. Tomó el que estaba junto a la ventana para poder ver el paisaje mientras trataba de calmarse y volver a despejar la mente.
Xime caminaba por las escaleras hacia el estacionamiento, iba contenta porque a pesar de que ella sabía que no había pasado nada, sí había pasado de todo: Moncho y ella intercambiaron una sonrisa accidental en medio de la biblioteca, luego de la cual, él se había acercado para saludarla. Fue completamente inesperado que era casi increíble. Con la cabeza en las nubes, Xime tomo el único asiento disponible en la combi y acomodó su mochila Porta rosada junto a otra idéntica, pero de color negro. Le llamó muchísimo la atención cómo los colores de ambas mochilas eran el inverso del otro, pero con el mismo diseño.
– Las Porta son las mejores, las he usado desde que iba al Nido -. Xime vio la cara de extrañeza de Sabri cuando comenzó a hablarle de las mochilas, sin embargo, no dejó de mirarla y le respondió casi de forma inmediata.
Conversaron de todo en ese ratito en la combi: le contó sobre Moncho, hablaron de los parciales, Sabri le contó sobre su perrita Capitana, Xime le contó anécdotas graciosísimas de sus hermanos y la conversación no paró hasta que Xime tuvo que bajarse en el paradero cerca a su casa. Conversaron de todo sin saber sus nombres, como si ya se conocieran de toda la vida.
Y cierro este texto con un fragmento de la última conversación que tuve con Sabri:
“Y hasta ese punto ya nos conocíamos, pero no sabíamos nuestros nombres. Al día siguiente la encontré en clase de Mate y de ahí para adelante no recuerdo que no estuviéramos ahí la una para la otra. Ahora que lo pienso, fue muy extraña la forma en la que nos conocimos y nos hicimos amigas, pero hoy no puedo pensar en quién sería yo si no hubiera tenido a Xime en cada momento luminoso y oscuro en mi vida. Y me da risa; porque quién pensaría que muchos años después, cuando me decidí a abrir un blog de historias, ella estaría allí de nuevo para apoyarme, para subirnos nuevamente a la combi con rutas aparentemente distintas y disfrutar del viaje. Llámalo destino, probabilidad o coincidencia, pero, en verdad, me siento muy afortunada”.