Acordes cotidianos

Llegar a casa, abrir la puerta, tirar la mochila en la sala, mirar la pared blanco alabastro donde cuelgan las fotos familiares, subir las escaleras a tropezones y escuchar tu voz, con las tres preguntas de actualidad que querías conocer de mí, trivialidades a las cuales les dabas una importancia mayúscula, hasta el punto de recordarlas en los almuerzos y las cenas de los días siguientes.


Todo eran tan rutinario, tan habitual, enmarcado en un tiempo y espacio que parecían eternos. Y, sin embargo, estaban lejos de serlo. Uno rememora estas cosas con los lentes rosas del pasado, con la ternura del recuerdo del juguete de la infancia que ya no encuentra más, con la persistencia de las palabras dichas que ahora se sienten como ecos al final del corredor.


He de admitir que te extraño, y al decir esto, bajo la guardia y me expongo al dolor a destiempo que, a diferencia del dolor presente, conoce bien nuestras heridas y sabe cuáles no han terminado de cicatrizar para empezar a escocerlas nuevamente. Pasan por mi retina todos nuestros momentos juntos: los buenos, los malos, aquellos breves y casi imperceptibles, todos aquellos largos y cotidianos tan propios de una vida juntos.

Me jode saber que al subir esas escaleras no te voy a encontrar, me jode saber que tengo que moverme fuera de tu casa para buscar el espacio físico donde te encuentras, me joden los treinta segundos de silencio en el brindis de Navidad, donde debería ir tu discurso patriarcal, me jode que me hayas dado tanto y yo haber retribuido tan poco. ¡Me joden tantas cosas, Robert!, pero no sabes que la que me agobia más es que deba decirle esto al ordenador y no contártelo a ti en búsqueda de consejo y alivio.


Pero, tal como me dijiste muchas veces: “La vida no se detiene solo porque lo deseamos, debemos remontar y seguir luchando hasta no poder más”. Aquello tan tuyo de terquearle a la vida, siempre fue una virtud y un defecto a partes iguales. Y ahora lo entiendo más que nunca, comprendo que, aunque no lo queramos, debemos exponernos al mundo que nos ve frágiles y en nuestra peor faceta; retomar los escudos, mirar al horizonte y afrontar el día a día de la mejor forma.

Y con esa reflexión final me quedo, quizás no pueda volver a ser feliz de la misma forma, bajo las mismas circunstancias, porque una vez que hemos cruzado el río, ni nosotros ni el río somos los mismos. Pero día a día lo intento, entregando en mis acciones las lecciones sosegadas del amor, amistad, paciencia y alegría que me diste, porque no son alhajas que deba guardar celosamente; sino más bien regalos para todo aquel que encuentre en el camino.


Debo confesarte que desconfío de la posibilidad de un después, pero si tan solo la hubiera, si se guardaran las conciencias en recipientes Petri que conserven su pureza en el estado más sencillo; pediría que la mía la guarden a tu diestra. Para contarte muchas cosas. Pero, sobre todo, para decirte que aquellos acordes cotidianos que compartimos en nuestro tiempo juntos, son ahora un concierto que retumba y hace vibrar a todos aquellos que compartieron tren conmigo y que al conocerme, se llevaron algo tuyo también.

Publicado por Vic

Escritor de armario, ingeniero de vocación e iluso de profesión. "No hay verdad más sublime, que la fantasía bien dicha"

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